Mis herramientas de diseño gráfico en tres etapas: Tiralíneas, ordenador e IA

Témpera, tiralíneas, cartones de proyectos… (Finales de los 80)
Mi primera etapa con el diseño gráfico no empezó con un Mac ni con una IA generando imágenes por arte de magia. Empezó con una carpeta tamaño XXL, cargada de cartones de proyectos, y un maletín de madera lleno de témperas, pinceles, tiralíneas y paciencia. Iba en el bus con todo eso encima, y si no había asiento, aquello era un suplicio. Y si lo había, la carpeta acababa invadiendo medio cuerpo del pasajero de al lado. Así era el día a día del estudiante de arte y diseño a finales de los 80. Esta etapa forma parte de la historia del diseño gráfico que muchos vivimos.
Estudié en la Escuela de Arte de Sevilla durante cinco cursos más una temida Reválida, un invento del sistema para concentrar todos tus nervios en un único examen que resumía media década. Dibujo técnico era mi cruz —una tortura de paralelas y perpendiculares perfectas—, pero curiosamente me sirvió para una asignatura que sí me entusiasmaba: dibujo publicitario. El tiralíneas y la témpera allí se convertían en extensiones expresivas de la mano, no en verdugos.
Y claro, había trucos del oficio: para que un color con témpera quedara perfectamente uniforme, tenías que moverla con el pincel cada vez que se usaba con mucho mimo y ponerle justo el agua necesaria. Ni más ni menos. Como una receta de cocina sin margen para el error.

Ordenadores, comienza la etapa del clic (años 90 hasta hoy)
Entonces llegaron los ordenadores. Y con ellos, el vértigo. Fue el inicio de la evolución del diseño gráfico hacia lo digital.
Mi primer PC fue un Fujitsu que costó un dineral. Venía junto a una impresora en blanco y negro (como debe ser para respetar los tonos Pantone, ¿no?). Fue mi puerta de entrada a un mundo nuevo… y un mundo que no avisaba. De golpe tuve que aprender a contrarreloj a usar programas como Corel Draw, Freehand, Page Maker, Photoshop… sin tutoriales de YouTube, sin cursos online, sin gurús. Solo con ensayo y error y preguntando a compañeros y amigos. Y con la sensación permanente de que el ratón iba por delante de mi mano.
Y claro, llegó la frase. La mítica. La pregunta que me perseguiría durante años: “¿Eso está hecho por ordenador?”. Con una ceja levantada, como si el ordenador lo hubiera diseñado solo, mientras yo tomaba algo. «Diseño por ordenador» era casi una forma educada de decir: “Ah, entonces no tiene mucho mérito”. Y sí, me reía mucho por fuera. Y lloraba un poco por dentro.
Aun así, los cambios fueron a mejor. He de decir que con la nueva herramienta acabó mi pesadilla de dibujo técnico. Pasamos de los bocetos hechos a mano al arte final montado en pantalla. Antes, el cliente veía un esbozo rápido en papel, lo aprobaba, y entonces te dejabas la vida en el AAFF y en muchos casos con los fotolitos ¿os acordáis? Ahora, el cliente lo ve todo en mockups realistas, con sombras perfectas y reflejos en 3D. El impacto es mayor, pero también el nivel de expectativas.
Con la digitalización llegó también la democratización del diseño. Cualquiera con un ordenador podía hacer algo «bonito». Esto trajo una explosión creativa… y un océano de diseños clónicos, sin alma. Al mismo tiempo, las escuelas tuvieron que reinventarse, y yo también. He tenido la suerte de trabajar con estudiantes en prácticas y jóvenes talentos que me han mantenido actualizado frente a una velocidad de cambio que a veces te deja sin aliento.
De los píxeles a los prompts (la era de la IA)
Y ahora llega el nuevo capítulo: El diseño gráfico con inteligencia artificial. Herramientas como Midjourney, DALL·E o Nano Banana generan imágenes espectaculares a partir de un simple texto. +Literalmente. Pones: “Niño con gorra estilo retro-vintage, vector limpio, paleta verde oscuro” y te entrega cuatro opciones antes de que termines el café.
Y claro, la nueva pregunta estrella es: “¿Eso lo ha hecho con la IA?”. Mismo tono de sospecha, diferente tecnología.
Lo curioso es que, en el fondo, nada ha cambiado tanto. El diseño, como decía el profesor Norberto Chaves, siempre ha partido de una necesidad. Y eso no lo va a cambiar ninguna tecnología. Da igual si usamos témpera, Illustrator o ChatGPT: siempre hay alguien que necesita comunicar algo. Nuestro trabajo sigue siendo dar forma visual a esa necesidad.
La IA ha llegado para sumar. Pero no sustituye lo que solo tú puedes aportar: criterio, sensibilidad, visión estratégica, sentido humano. En un mundo donde una máquina puede hacer mil versiones en segundos, lo realmente valioso es saber cuál comunica mejor. Cuál conecta. Cuál tiene un propósito real.
Ahí está la diferencia: tú no eres un ejecutor visual. Eres un director creativo con criterio formado. Sabes cuándo usar la tecnología y cuándo apartarla. Tu experiencia, tu intuición y tu mirada siguen siendo irremplazables, especialmente en un entorno saturado de automatismos sin alma.
Y sí, ahora me pasa un poco como entonces: me toca volver a aprender desde cero, otra vez, esta vez con IA. Pero tengo a favor algo que no se entrena en segundos: la experiencia de haber pasado por todo lo anterior.
Conclusión: lo único que no cambia es la necesidad
Esta triple evolución, del cartón a la pantalla, y de la pantalla al algoritmo, no ha eliminado las etapas anteriores: las ha integrado. El diseño sigue siendo una herramienta para resolver necesidades. Y esas necesidades no entienden de técnicas, sino de ideas.
El cambio real no ha sido técnico, ha sido de mirada. Pasamos de ejecutores a estrategas. De diseñadores a narradores visuales. Y ahí, por mucha IA que se invente, La mirada del profesional del diseño sigue siendo insustituible.
Eso, al menos “por ahora”, sigue siendo 100% humano.

