Hoy ha fallecido Manolo Cuervo. Nacido en Isla Cristina en 1955, criado en Sevilla, muerto este 2 de julio en el Hospital San Juan de Dios del Aljarafe después de semanas ingresado. Cáncer.
Otros escribirán mejor que yo su necrológica. Lo que puedo aportar es algo distinto: la perspectiva de alguien que también se mueve entre el arte y el diseño gráfico, que lleva más de treinta años trabajando en identidad corporativa y que al mismo tiempo tiene una trayectoria propia como artista plástico.
Esa ambivalencia es la que me une a Manolo Cuervo. Y la que me permite hablar de su obra no desde la admiración genérica, sino desde el reconocimiento de alguien que entiende lo difícil que es mantener las dos disciplinas a la vez sin que una se coma a la otra.

- Arte y diseño gráfico: dos disciplinas que Cuervo puso a trabajar juntas
- La mente del serígrafo: pensar en capas antes de mancharse las manos
- El pop en los altares: de la Hiniesta al Cachorro
- Lo que un artista que sigue su propio camino le enseña a un diseñador
- Quién era Manolo Cuervo para quien no lo conocía
Arte y diseño gráfico: dos disciplinas que Cuervo puso a trabajar juntas
Quienes trabajamos en branding estratégico sabemos que el arte y el diseño gráfico son dos animales distintos. El arte es libre por naturaleza: no rinde cuentas a nadie más que al instinto del creador. El diseño responde a una necesidad concreta, atiende a una estrategia y se mide por su utilidad.
Y sin embargo existe un territorio fronterizo donde ambas disciplinas se necesitan. Cuervo lo habitó durante décadas sin pedirle permiso a nadie.
Su trabajo gráfico no era diseño corporativo al uso. No hacía logotipos para marcas de consumo. Estaba volcado en la cultura: carteles para festivales, portadas de libros, encargos que requerían algo más que competencia técnica. Necesitaban carácter.
Cuando el diseño necesita del arte como vehículo, el resultado puede ser extraordinario. Cuervo lo demostró. Su pintura no se diluía al enfrentarse a un encargo: se ponía al servicio del diseño para conseguir el fin práctico por el que lo habían llamado.
Yo entiendo eso desde dentro. Tengo un recorrido como artista plástico y al mismo tiempo mi día a día es la estrategia de marca. De hecho, ahora mismo trabajo en un proyecto de packaging donde utilizo el arte como vehículo de ilustración, algo que Cuervo hacía con una naturalidad que admiré desde siempre.
No es fácil mantener las dos cosas sin perder rigor en ninguna de ellas.
La mente del serígrafo: pensar en capas antes de mancharse las manos
Hay una conexión técnica con Cuervo que nunca me ha parecido casual. Ambos pasamos por la Escuela de Arte de Sevilla. Y como él, tengo formación en serigrafía artística.
Quien ha pasado por esa experiencia sabe que el olor a tinta, la pantalla y la rasqueta te cambian la estructura mental para siempre.
La serigrafía obliga a una disciplina muy concreta: pensar en capas. Tienes que descomponer la realidad en tintas planas, calcular transparencias y entender la fuerza del contraste puro antes de estampar. Es la mente ordenada de un impresor.
Esa mente es la que sostenía la aparente locura de los cuadros de Cuervo. Utilizaba las pantallas de serigrafía directamente sobre el lienzo para fijar la estructura pop, fotografías, recortes de prensa, textos tipográficos. Una vez que la técnica ponía el orden, su parte de artista ingobernable entraba a romper esa perfección industrial a base de brochazos y chorreones de acrílico.
La tensión entre la cabeza fría del diseñador y la mano caliente del pintor. Eso es lo que hace que su obra sea difícil de imitar. No era instinto puro ni método puro. Era las dos cosas al mismo tiempo.
El pop en los altares: de la Hiniesta al Cachorro
Donde Cuervo alcanzó una dimensión singular fue en su relación con las hermandades de Sevilla, probablemente el reducto más tradicional y celoso de la ciudad.
El cartel del 450 aniversario de la Hiniesta en 2015 rompió el molde. El de la Macarena en 2019 confirmó que no era una casualidad. Y el cartel oficial de la Semana Santa de Sevilla de 2022, protagonizado por el Cristo de la Expiración, el Cachorro, se convirtió en una de las piezas más celebradas del cartelismo cofrade reciente.

Meter el color pop y la mancha expresionista en los altares más solemnes de Sevilla no fue una provocación. Fue exactamente lo contrario: respeto absoluto a la raíz, ejecutado con un lenguaje propio y contemporáneo.
Me recuerda inevitablemente a lo que Silvio Fernández Melgarejo hizo con la música. Silvio, desde su trinchera de rockero indomable, asumió la Semana Santa, las marchas cofrades y el imaginario más clásico de Sevilla en sus letras, y los hizo cantar a ritmo de rock. Cuervo hizo lo mismo con los pinceles.
Ninguno de los dos lo hizo como provocación barata. Lo hicieron porque eran libres de verdad. Y los espíritus verdaderamente libres no necesitan destruir lo que admiran. Lo transforman.

Lo que un artista que sigue su propio camino le enseña a un diseñador
El verdadero valor de Manolo Cuervo no está solo en los carteles, ni en que su obra llegara a galerías fuera de España. Su valor mayor es moral.
En un mercado saturado de creativos que se amoldan a las tendencias del momento, Cuervo tuvo el criterio y el carácter de seguir su instinto hasta el final. Quien lo buscaba sabía a lo que venía. Su impronta era inseparable de su nombre.
Eso, en diseño gráfico y en arte, es lo más difícil de construir y lo más difícil de mantener.
Demostró que la ambivalencia entre el rigor del diseño y la libertad del arte no es una contradicción. Es una base sólida sobre la que construir una trayectoria que no depende de modas ni de opiniones ajenas.
Fue un verso suelto. Sevilla es hoy un poco más gris sin los chorreones de su pintura.
Descanse en paz.
En VIBRAND Design llevamos más de treinta años defendiendo que el diseño con criterio propio, fundamentado en estrategia y en identidad real, es el único que produce resultados duraderos. Cuervo lo aplicó a su manera, con sus propias herramientas. Lo que dejó no necesita explicación.
Quién era Manolo Cuervo para quien no lo conocía
Manolo Cuervo era pintor, diseñador gráfico y cartelista. Empezó a finales de los años setenta con su serie «Ventana al mar», inspirada en los paisajes de Isla Cristina donde se crió. A comienzos de los ochenta empezó a firmar carteles que definieron la imagen cultural de Sevilla durante décadas.
Su lenguaje visual era inconfundible: color fuerte, trazo libre, influencia del arte pop y del expresionismo abstracto. Sus series más conocidas, «Tratamiento de choque», «La Mirada indiscreta», «Help» y «Jazz», desfilan con mitos de la música y la cultura contemporánea. Miles Davis, Amy Winehouse, Bob Dylan, Jane Birkin.

Era un apasionado del jazz y coleccionaba guitarras eléctricas. Durante años fue habitual de los locales con música en directo de la Alameda de Hércules. Vivió más de veinticinco años en la calle Martínez Montañés, en San Lorenzo, y en sus últimos años fijó su estudio en Castilleja de la Cuesta.
En una entrevista lo resumió con una precisión que no tiene vuelta de hoja: «El diseño me encanta y es lo que me ha dado de comer, pero hay muy pocos artistas que viven de lo que pintan».
Fuentes: Andalucía Información, El Pespunte, Canal Sur, 101TV. 2 de julio de 2026.

